Sabía que no tenía mucho tiempo. Llegaría tarde al trabajo. Pensé en usar el móvil y avisar de mi retraso. ¡Que le den por culo!, esto es una entelequia, una metáfora, no crean que yo deseo el mal a nadie, además desde que tuve un sueño dónde un supositorio gigante me perseguía tengo a los gays por unos valientes.
Los que hemos vivido en épocas remotas dónde el móvil era un artilugio futurista a veces nos sublevamos ante su tiranía de la inmediatez y comunicación global. También nos revelamos por no gastar, que a uno le bautizaron en Villa Tacañería.
¡Que no joder!, cuando llegue al trabajo ya daré explicaciones. Que especulen acerca de mi tardanza. No se lo voy a poner tan fácil. Por lo menos ya tendrán de algo de que hablar en la oficina, un motivo para abrir un debate mientras toman el primer café de la mañana.
“Se ha dormido” dirá Margarita, mientras remueve su te con extras de azúcar hasta alcanzar el punto exacto de dulzura. “Si, seguro” aseverará Domingo “No hay otra explicación” alargará su intervención. “Bueno, tal vez, solo se haya despistado, son y cinco” apuntará Penélope, siempre inclinada a mi inocencia en todo; pondrá un poco de duda en esa atmósfera de juicio sumarísimo y sentencia, CULPABLE.
¿Y ya está? Esos son mis compañeros, carentes de imaginación y ganas de mojarse de vida. Encerrados en el penal gris de la fábrica y enclavados en el automatismo de la cadena alimenticia de la sociedad. ¡Toma frasecita, tía legañosa!
Me había quedado tirado con el coche pinchado, camino del trabajo. Mientras leían los dos párrafos anteriores he sacado del maletero el gato, éste debe ser el que chilla cuando la correa no sigue a la polea, la llave de vaso de diecisiete y la rueda de repuesto.
Como un tenue recuerdo una figura me observaba desde que había bajado del coche. Era una mujer de mi misma edad. Permanecía de pie a unos cinco metros, detrás del coche que separa el mío de la cera. Sus ojos me radiografiaban, eso supongo, ya que cuando me di cuenta de su presencia, alterné mi concentración mecánica con la avidez de curiosidad. ¿Quién era esa mujer que no me quitaba ojo?, ¿Qué pretendía?, ¿Aprender mecánica de un experto?, ¿Se me veía algo inapropiado como la rabadilla del culo?, ¿Le ponía cachonda?, esta idea la abandoné de inmediato tengo menos sex-appeal que el Aznar mostrando sus abdominales. Algo buscaba estaba claro, venderme algo u ofrecerme la Cuenta Naranja al siete por ciento TAE desde el primer céntimo de euro que no peseta. Al final de decidió y dijo algo, como era de suponer inaudible.
- ¿Si?, perdone, dígame.
- Que le digo que buenos días.
- Buenos días, será una manera de hablar, porque ya me ve. Esto que estoy haciendo no es un capricho tonto de esos para pasar el rato.
- Claro, es una manera de hablar, se lo tendría que haber avisado. “Buenos días, es una manera de hablar, como otra cualquiera, ¿verdad?”
- No sé, ¿Cómo otra cualquiera?, según lo que quiera usted expresar.
- Yo lo que quiero decir, es simplemente, un saludo, y lo más corriente es “Buenos días”
- Dejémoslo ahí, no vamos a llegar más lejos por aquí.
- Hasta que no arregle el pinchazo desde luego –le puse cara de esta tía flipa, que coño de conversación estupida estamos teniendo- así podremos hablar.
- De que – y que agaché para continuar mi faena.
- Del instituto por ejemplo.
Me ha tocado la loca de turno, rediez a estas horas de la mañana, con el humor que gasto, y de manera inesperada una sonrisa de oreja a oreja tan grande como la cortada que le hubiera hecho en el cuello apareció en mi cara, ¡maldita caridad cristiana!.
- ¿A cual fue?
- Al Instituto Goya.
- Igual que yo.
“Que puñetera casualidad”
jueves, 30 de julio de 2009
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