miércoles, 15 de julio de 2009

Allí nos vemos.

Escucho mi voz por detrás de mis ojos, en medio de la oscuridad de la habitación de mi cerebro. “Que fácil es la vida”.
Escucho mi voz real que sirve de melodía para el pensamiento que se escapa.
-…y que complicada nos la hacemos.

Todos los días me despierto y me duermo, el mismo comienzo, el mismo fin. Y entre un acto y otro, la vida se rellena, como la farsa de un tomate, de sucesos planeados, de rutinas esperadas y algún acontecimiento inesperado. Esto es lo normal. Pero en ocasiones, las cosas no ocurren como uno aguarda. Y tal vez, ese día tengas que dejarte arrastrar por los contratiempos para no volverte "loco".

Soy bastante regular. Ir al baño, por la mañana, con un libro entre las manos y leer cuando mi trasero sin calzoncillo o calzoncillos, no lo tengo muy claro como se escribe mejor, se aposenta sobre el aro de la tapa del inodoro, me permite mantener mi afición a la lectura. Es un cuarto de hora, no más. Suficiente para saciar mi estreñimiento crónico.
Todo tiene su tiempo antes de salir de casa. El desayuno. Calentar la leche, teñirla con el Nescafe, el mejor café soluble del mundo, si me enterará que Nescafe iba a desaparecer del mercado, calcularía para cuantos desayunos me iba a hacer falta hasta que me muriera y lo compraría, y no le daría a nadie, ¡lo juro!. Luego la lectura del santo evangelio que toque sobre el pulpito blanco. Hoy tocó La conjura de los necios. Tiro de la cadena. Una ducha rápida. Y salir de casa hacia el trabajo. Antes, me he vestido claro, me gusta ir desnudo por casa, pero cuando salgo de casa tengo la maldita costumbre de vestirme, eso de encontrarte en el ascensor con tu vecino a las siete de la mañana desnudo, pues mira que uno no esta para muchas explicaciones. En otro momento se podría hablar de lo güai que es ir en pelotas, pero a las siete de la mañana, recién levantado y pensando que te tienes que ir a meter ocho horas en la oficina, pues que no. Mejor vestidito, con tu camiseta de Robert de Niro en Taxi Driver, tus vaqueros de hace cuatro años, que te sientan de puta madre, y tus zapatillas de adolescente, ¡a que molan! Patético, piensan algunos. Solo espero que cuando nuestra generación seamos mayores, bueno, mayores ya lo somos, quiero decir, ancianos, no nos rilemos y sigamos vistiendo como ahora, ¡que coño pasa aquí! que la ropa que llevan nuestros padres ahora no es la misma que llevaban cuando eran jóvenes. Cuanto hipócrita tenemos en nuestras filas.

Mi coche no duerme, esta siempre en alerta, aunque siempre lo pillo de improviso. En cuanto le meto la llave, y la hago girar, chilla como si se la hubiera metido a un gato por el culo, maldita correa como chirria, se podría romper y así la cambiaría. ¡No, no que es broma, que no se rompa!. Pongo la radio, y la música me dice cosas que pronto olvido, paso por las calles y ya no me ha acuerdo como salí de casa, que coche acabo de rebasar, que gente espera en la parada del autobús,… los trayectos de casa al trabajo son como viajes por el hiperespacio, zash!!!!!!!!, no sabes por dónde has transitado pero has llegado a tu destino, como cuando vuelves a casa todo topo de vino una noche de juerga y te sorprendes de cómo has llegado. No sabes si has venido por el camino mas corto o has vuelto pasado por Calatayud. Pues eso mismo.

Pero ese día, algo iba a ocurrir, que lo iba a convertir en extraordinario. Un pinchazo. ¡Me cago en satanas!. Que mal sienta un pinchazo. Nunca viene bien. Además sin avisar. Que pocas veces algo malo te avisa que va a ocurrir. Por otra parte, lo mismo ocurre con lo bueno.

Lo dejamos, con mi coche parado a la derecha. Bajándome del coche, con un globo de viñeta lleno de culebras, calaveras, bombas, puñales,.., y una mujer que sonríe en la acera.

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