Era un tipo especial. No hablaba con nadie. Llegaba al chiringuito y sin hablar, siempre le servían una cerveza y unas aceitunas. Con la mano derecha, si con esa mano, no tenía otra, sacaba las monedas que llevaba en el bolsillito de los cojones que se esconde por dentro del bañador, pagaba y se iba al borde del mar. Se mojaba las piernas hasta la rodilla y miraba al horizonte.
Se pasaba casi una hora en esa posición. El brazo derecho, si ese brazo no tenía otro, lo tenía medio quemado, no llegaba a darse crema protectora. Cuando se cansaba de mirar al mar o cuando le daba la gana se metía a la carrera en él, como un cuarto de sirena.
Sé que era un tipo especial. Me lo contó mi sombra, que pudo hablar con la sombra del manco. Le explicó cuanto había vivido, cuantas aventuras habían recorrido y como y dónde perdió la sombra del brazo. Se la pilló dos vagones de tren mientras intentaba subir a uno de ellos para viajar gratis a Algeciras.
Era un tipo mejor que yo. Lo único que le ganaba, era que tenía una sombra más grande que la suya.

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