martes, 11 de agosto de 2009
Una leyenda urbana.
"Yo lo ví"- Eso dicen.
- ¡Tócame, acaríciame!
- Aquí, ahora –sus ojos se proyectaron con inocencia desde su rostro cabizbajo a los de su novio.
- Si.
La mano de la chica tocó su pecho y subió al cuello para agarrarlo. Su boca se abalanzó a los labios del chico. Le mordió primero en el de arriba y luego casi le arranca el inferior. Él respondió con un alarido y una sonrisa perversa, le gustaba que su novia le mordiera. Levanto los brazos en signo de que no habría resistencia. Había elegido ser su presa. Esto lo excitaba.
Los dientes se clavaron justo debajo de la oreja, y tras succionar hasta producirle un moratón, esta semana ya llevaba tres, pasó la lengua desde el gaznate hasta la punta de la nariz, relamiéndose en la boca de su novio.
- Creo que es suficiente –y le dio un pico, mientras intentaba bajarse de las piernas del chico.
- De eso nada, sigue –le había tomado por la cintura, sujetándola con firmeza.
- Estamos en el punto que podemos parar, un poco más y yo ya no paró hasta el final.
- Hazlo, no me ves como estoy –en su cara se leía follamé.
Le abrió la bragueta del pantalón, y sin sacársela comenzó a acariciar su pene. La excitación del muchacho se desbordó, entre jadeos y pestañeos, levantó la camiseta de su novia y le bajó las dos copas del sujetador, los pezones de su compañera estaban duros como un adoquin, los pellizco sin miramientos, la respuesta de ella fue un tembleque que casi le hace tambalearse.
- Tus pezones son dos gominolas, dos gominolas de fresa recubiertas de azúcar.
Ella no escuchó nada, su novio era muy dado a hablarle mientras follaban, pero ella no se enteraba de nada, hacia rato que estaba en otra dimensión.
No podía más, se apartó la braga y se metió la polla en la vagina. Comenzó a moverse arriba y abajo cadenciosamente, se lo estaban pasando bien.
De pronto, sus cuerpos empezaron a sentir un movimiento mayor al que ellos mismos podían producir. El coche se balanceaba de un lado a otro, casi botaba, era el mejor polvo del siglo. Sus gritos de placer se mezclaban con una agitación inusitada. Sus movimientos estaban siendo jaleados desde el exterior del coche. Ella los oía, él los oía, pero les daba igual.
Alrededor de un coche rojo de cuatro puertas, un sábado a las once de la noche en pleno centro, en una de sus avenidas, estaba siendo zarandeado por una veintena de personas. Algunos subidos a él golpeaban los cristales, otros aplaudían y gritaban, muchos curiosos desde la acera presenciaban los hechos con expectación bulliciosa, otros con sorpresa huían sin dejar de mirar.
Una ilusión del
pirata rata
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